




Recorría los largos pasillos del castillo en silencio, guiada por un obediente soldado que solo había anunciado su nombre y el de quien lo enviaba. Eso había sido media hora atrás.
Imaginaba que el líder de los dragoons no había podido conseguir una hora mejor, pero estaba bien. Cuanta menos gente la viera, menos explicaciones habría que dar; cuanta menos gente hubiera, menos habría que esperar. Y al fin, cuando llegaron a la puerta de la sala de audiencias, el soldado-guía se detuvo, cediéndole el paso a ella... sola. La invocadora asintió con la cabeza, agradecida.
-Gracias.
-Su majestad, el rey Cecil, la espera.
Entró. La sala que la recibió era más pequeña de lo que esperaba, y aunque grandes ventanales sustituían las paredes la luz del día aún no era suficiente para iluminar todo el lugar, y tampoco había muchas antorchas encendidas, por lo que la sala entera se hallaba sumida en una semipenumbra. Pero ella podía ver sin demasiada dificultad en la oscuridad, quizá por la parte que desconocía de su sangre, y al fondo descubrió dos tronos, uno de ellos ocupado por un hombre vestido con increíble simpleza para tratarse de un rey, y a otro hombre al lado de éste bien uniformado con la armadura de su escuadrón y los blasones que le correspondían.
-Mital Riumo... -La chica se arrodilló ante la mención de su nombre.- No, no, fuera eso. Levántate y perdamos el mínimo tiempo posible. ¿Qué quieres de mí?
-Majestad, rey Cecil, yo... Necesito que me permitáis el acceso a Eblan.
-¿Por qué?
Mital no se sorprendió de que Cecil no insistiera en que Eblan "ya era visitable". Estando Kain allí, habiéndose encargado de al audiencia privada, se imaginaba que ya había puesto al rey en antecedentes...
-Necesito la guía de la maestra invocadora Rydia para llegar hasta el maestro de los eidolones.
-¿Para qué?
La voz del rey Cecil era la voz que un rey debía tener: cordial y autoritaria a la vez, una voz que hiciera notar su poder y, a la vez, no intimidara en exceso a su interlocutor. A Mital no parecía afectarle en modo alguno.
-Seguro que su majestad entenderá la intranquilidad que produce saberse solo humano en parte...
El rey se giró en ese instante hacia su compañero, pidiendo explicaciones. El hombre, que no era otro que Kain, sacudió la cabeza en un gesto de incomprensión. La chica continuó hablando tras observar estas reacciones.
-Mi hogar, señor, es Kolinghen por nacimiento. Confío, sin embargo, en que establecer contacto con el líder de aquellos que son la fuente de mi poder pueda esclarecer lo demás... Pero para eso necesito llegar primero hasta él.
-Entiendo. -El rey de Baron guardó silencio durante unos instantes, mientras Kain le susurraba algo más al oído.- Tu petición será tomada en cuenta, y la respuesta te será enviada al lugar donde te alojas a lo largo del día. Puedes retirarte.
-Gracias, majestad.
Mital hizo una reverencia y obedeció el mandato del rey. El rubio se giró entonces hacia el dragoon.
-¿Por qué no le crees?
-¿Por qué tú sí?
-Rydia tiene el pelo verde, esta chica lo tiene morado. Parece que es parte de su poder el que tengan el cuerpo raro, ¿no crees?
Kain sonrió mientras, con una reverencia, se retiraba.
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-Yo... yo vivía en las calles de Kalm, a mi suerte. Mis amigos... Juto, Ludius y yo... Los tres nos manteníamos y nos cuidábamos. Pero Kalm es una ciudad demasiado rica para mantener a gente como nosotros, si sabéis a qué me refiero, y el corregidor... Ese malnacido de Fogret... Aún me pregunto cómo en Baron lo dejan hacer lo que quiera en Kalm.
>>El caso es que hace unos días decidimos dar un golpe. Nadie allí está contento, ¿sabéis? Así que aguarle un poco la fiesta a Fogret, especialmente durante la feria, era un plan cojonudo... Íbamos a hacernos con un poco de dinero, solo un poco, y sobre todo comida. ¡Nadie tiene más que él! Y no miento. La ciudad entera podría morirse de hambre mientras ese hideputa se hincha a comer pavo y cerdo y cualquier otro animal que se os venga a la cabeza. Apuesto a que en Tule, que son más pobres, comerían mejor; ellos al menos pueden pescar. Bueno, el caso es que decidimos atacar.
>>El plan era sencillo: esa noche había una fiesta (ya os dije que se celebraba la feria), y por la noche se iban a lanzar fuegos artificiales. Como es tradición que el corregidor se asome al balcón de su casa a decir unas palabras, nosotros íbamos a aprovechar esa distracción para colarnos, sacar lo que pudiéramos en unos pocos minutos y luego largarnos. ¡Y lo hicimos bien! Pero... Cuando íbamos a salir de nuevo, ahí estaba él, con un montón de soldados, esperando listos para atacar. No sé a ellos, pero a mí se me fue el alma a los pies. Y entonces...
-Idos -ordenó Fogret a sus soldados.
-¡Pero, señor...!
-¡Fuera!
Los soldados obedecieron a regañadientes. Cuando todos se hubieron marchado, Fogret sonrió.
-Bien. Ahora dispondré de vosotros a mi gusto.
Tras decir esto, con una velocidad imposible de describir, rebanó el cuello de Ludius, separando su cabeza del resto del cuerpo.
-¡Monstruo! ¡Pagarás por esto!- gritó Juto mientras se lanzaba contra él, enarbolando una poderosa espada.
Sin embargo, de poco le sirvió el arma. En un par de minutos, su espada había sido partida por la mitad, así como su corazón. Dreighart temblaba, pero no de miedo, sino de impotencia y furia. Sus manos temblaban incontrolablemente, mientras extraía las dagas de sus vainas.
-Esto no te lo perdono… Eran las únicas personas que me importaban en la vida, y tú las has eliminado como si sus vidas no valieran nada. ¡Te enseñaré el verdadero valor de sus vidas!
-Me dio la paliza de mi vida... A tal punto que me dejó inconsciente por un rato, pero no me mató. De hecho, cuando me desperté un rato después, era él el que estaba muerto, descuartizado... Los guardias no habían llegado aún, pero yo sabía que si me encontraban allí me iban a culpar, así que cogí el dinero que pude y huí. Mi primera idea fue ir al sur, lejos de Kalm, pero cuando se me ocurrió cruzar el mar desde Wutai ya estaba en el desierto y... En fin. Sólo si Mateus quería saldría yo vivo de ésta.
>>Parece que así fue.
-Conmovedor.
Ankar se giró hacia Lomehin, sorprendido y en parte disgustado. ¿Quién se creía para despreciar de esa forma la historia de una persona...? Aunque no podía negar que, en parte, sentía deseos de expresar él mismo semejante opinión.
-Joer, tío, qué mala leche que tienes -comenzó a reprender Onizuka.- El pobrecito criminal, ladronzuelo de poca monta, asesino frustrado, contándonos sus penas y vas tú y te burlas de él...
Se interrumpió. Antes de que Ankar o Lomehin pudieran hacer algo al respecto, el pelirrojo samurai ya había comenzado a correr duna arriba, en dirección a su destino. El chico nuevo solo lo miraba, atónito ante semejante actitud.
Según les había contado al despertar, momento que habían aprovechado para volver a ponerse en marcha, se llamaba Dreighart Firius y tenía 20 años. Era casi tan alto como Onizuka, pero era bastante más delgado que éste, probablemente por los orígenes que les había mencionado, y dado que sus ropas estaban destrozadas y cubiertas de sangre (aunque el chico juraba haberlas lavado a conciencia) no tuvieron más remedio que darle la muda que Ankar llevaba: un pantalón beige y una camisa azul, a juego con sus largos cabellos azules.
-Por cierto, Ankar -Dreighart agachó la cabeza-, gracias por... todo. Yo... bueno, ya os he contado mi historia, así que ya sabes que no tengo adónde ir... Por eso, si puedo serte de ayuda en tu misión...
El dragoon lo miró. Los ojos de Dreighart eran negros como la noche, y como ésta brillaban, aunque ese brillo delataba una inocencia repleta de honestidad... No la honestidad de quien dice la verdad, sino la de quien, en su corazón, es incapaz de traicionar a los suyos. Le había gustado ese brillo.
-Si de verdad es así, entonces pruebalo. Sin embargo, no te prometo que no vaya a entregarte a las autoridades una vez regresemos a Baron.
-¡Pero...!
-Fogret, o como se llamase, era un lacayo del rey Cecil. Como soldado suyo que soy, mi deber es informar de éstos incidentes a su majestad, y de entregar a los posibles culpables.
El ladrón suspiró, e inconscientemente llevó la mano hacia el colgante que pendía de su cuello, apretándolo. Lomehin lo miró de reojo cuando hizo eso. Tenía la sensación de ser el único que había notado que, durante el relato, el joven había mantenido la alhaja presa en su puño.
Terminaron de subir la duna en ese momento. Durante la travesía, que había durado desde la medianoche hasta ese mismo momento, cuando recién estaba amaneciendo, habían decidido caminar llevando de las riendas a los chocobos, lo cual significaba que Ankar debía encargarse de su propia montura y de la de Onizuka, al ser Lomehin y Dreighart desconocidos de los que no se fiaba Highwind y al ser su dueño demasiado irresponsable y peligroso como guía.
Por fin, pasada la duna hallaron el Templo del Fuego Eterno, una modesta construcción para su nombre, coronado por esferas en lugar de tejado y con pequeñas ventanas ovaladas en la parte más alta de sus muros. La gran puerta de madera que servía de entrada estaba adornada con una representación a gran escala del emblema del Cristal del Fuego.
Mientras Lomehin y Dreighart contemplaban el edificio, crítico uno y admirado el segundo, Ankar se acercó con paso seguro hacia la puerta, en la que un sobreexcitado Onizuka intentaba cortejar a una sacerdotisa que acababa de salir.
-Si no me quieres decir tu nombre, dime al menos a qué hora podemos vernos...
-Caballero, yo...
-¡Onizuka! -La sacerdotisa y el samurai repararon en ese momento en el dragoon, más por el grito mental que por haberlo visto realmente.- Señorita, disculpe a mi compañeros por sus modales tan rudos...
-Acepto sus disculpas. Ahora, como intentaba preguntarle a él, ¿qué los trae hasta esta casa de las llamas?
Ankar sacó en ese momento rollo y el anillo que Kain les había dado antes de salir y se lo mostró a la sacerdotisa.
-El rey Cecil teme por la seguridad de los Cristales y me envía en una misión de inspección a comprobar que nada desafortunado ocurra. Cuento con su venía para contratar a los guerreros de mi elección que me acompañen en esta empresa.
-Y aquí tenemos... -La sacerdotisa paseó su mirada por al grupo. Lomehin ya se acercaba hacia ellos, pero a Dreighart le costó un poco más volver al mundo real.- ...Un caballero oscuro, un samurai, un dragoon y un muchacho de cabello azul... -Los ojos de la mujer se posaron sobre Dreighart.- ¿Puedo preguntar por la identidad de ese joven?
El ladronzuelo tragó saliva. Ya está, Dreighart, la hemos cagado, pensó. Ankar no lo iba a salvar de ésta.
-¿Él? -Intervino de pronto Onizuka.- Es un pariente lejano mío. Tuvo un accidente de pequeño con unos magos negros y desde entonces tiene el pelo así.
-Así que lo hizo un mago... -La sacerdotisa sonrió, conciliadora, y luego se llevó las manos al pecho y agachó la cabeza, haciendo el saludo tradicional de las sacerdotisas del Cristal de Fuego.- Podéis pasar, caballeros. A vuestra derecha hallaréis un establo para vuestros chocobos, y el pabellón del Cristal es el que se encuentra en el centro del oasis.
-¡Oasis! -Exclamó Dreighart, sorprendido.
Los guerreros y el ladrón entraron al templo. Una novicia tomó las riendas de los chocobos y les prometió encargarse de ellos mientras resolvían sus asuntos, por lo que pudieron seguir adelante sin problemas.
El interior distaba mucho de parecerse al exterior: el techo redondo confería una sensación casi irreal a los espacios, y la piedra, de color mucho más claro, tenía labrados huecos para colocar cirios y lámparas de todo tipo, adornados los espacios intermedios con el mismo símbolo de la puerta principal. Una sacerdotisa se acercó para serviles de guía, y les explicó que el templo estaba dividido en tres partes: la mitad oriental era la parte a la que tenían acceso los visitantes, en la que se podían encontrar habitaciones de descanso, sala de curas, letrinas y una capilla; la mitad occidental era de acceso exclusivo a las clérigas, pues en esa zona estaban sus aposentos, comedor, y la capilla dedicada al cristal. Estas dos alas se extendían en forma de cuadrilátero, rodeando un patio interior que era el oasis, en el centro del cual se levantaba una habitación no muy grande, con solo una puerta y ninguna ventana, a la que solo tenía acceso la suma sacerdotisa.
-Pero tienen suerte -añadió al final la mujer-, pues ahí viene nuestra suma sacerdotisa.
Hizo un gesto con la mano y señaló el pasillo a su derecha, por el que se acercaba una mujer de mediana edad, de piel morena y cabello negro, vestida con unos pesados hábitos rojos decorados con motivos de llamas en color blanco. Ankar la saludó respetuosamente al verla, y poco tardaron en imitarlo sus compañeros. La suma sacerdotisa, por su parte, despidió a la guía antes de devolver el saludo.
-Os esperaba, Ankar Einor y compañía -dijo sonriente.- El cristal me anunció vuestra llegada. ¿Puedes mostrarme tu salvoconducto y relatarme tu misión?
Ankar repitió el proceso. Mientras lo hacía, Dreighart se apartó un momento para hablar con Onizuka.
-Oye, esto.. Samurai...
-Onizuka.
-Sí, eso... Bueno, verás, yo... Gracias por lo de antes. Estoy en deuda contigo ahora también.
-¿En serio?
-¿Eh?
El samurai sonrió.
-No te preocupes, ya me cobraré el favor más tarde...
Volvieron a poner su atención en la sacerdotisa, que parecía haber terminado su charla particular con Ankar.
-Si quieren un refrigerio o necesitan usar las letrinas este es el momento adecuado. Una vez estén preparados yo misma los conduciré hasta el Cristal. ¿Están listos?
-Estamos listos, señora -anunció el dragoon.
La suma sacerdotisa asintió y, dándose la vuelta, abrió las puertas que se encontraban a su espalda, las del pequeño edificio cerrado que era el pabellón del Cristal. En lugar de la sala que esperaban solo encontraron unas largas escaleras que bajaban, hundiéndose en la tierra, y por las cuales la suma sacerdotisa los condujo, habiendo previamente cogido una vela para alumbrar el camino. Tuvieron que descender varios tramos de escaleras antes de volver a encontrarse con una puerta, tan falta de ornamentos como la que anteriormente habían atravesado, pero al menos esta estaba pintada de un intenso color rojo... y no se veía en ella nada que sirviera para abrirla. En ese momento la mujer tendió su lámpara a Dreighart, que se encontraba a su derecha, y se agachó con las manos pegadas a las puertas, musitó una oración, y la entrada se abrió de par en par, desvaneciéndose las puertas como si nunca hubieran estado allí. El grupo retrocedió, sorprendido, pero no tuvieron tiempo de hacer comentarios, pues la suma sacerdotisa los estaba encarando de nuevo cuando recobraron la compostura.
-Yo no seguiré adelante -anunció.- Mi deber era abriros la puerta; el resto es cosa vuestra y de vuestros compañeros, Ankar Einor, pero por si necesitarais algo, yo estaré junto a la primera escalera del pabellón. Aseguraos de que nada malo ocurra con el Cristal.
-Gracias, señora.
-Suerte, jóvenes.
La suma sacerdotisa se marchó escaleras arriba, y ellos entraron. Aunque en parte se lo esperaban, no pudieron evitar sorprenderse, otra vez, cuando la puerta volvió a materializarse tras ellos, solo para cerrarse segundos después. Estaban encerrados en la sala del Cristal, y sin nada mejor que hacer, comenzaron a mirar a su alrededor.
-Esto sí parece una Sala del Cristal... y un templo -murmuró el de Doma.
Y era cierto. Aún sin estar demasiado decorado, tapices y grabados se distinguían en las paredes, con los emblemas del fuego y, aparentemente, de su guardián. Los dibujos negros y rojos del suelo y los mosaicos de las paredes representaban una misma escena, aunque ninguno de ellos acertaba a interpretar su significado, y tampoco estaban demasiado pendientes de ella. Su atención estaba centrada en el pedestal que se alzaba al fondo, finas columnas de oro trenzadas levantando un prisma alargado que resplandecía con tonos carmesíes.
-El cristal... -Ankar tragó saliva y miró a su alrededor; sus compañeros esperaban que diera el primer paso.- Aquí voy -pensó.
Comenzó a caminar en dirección al Cristal del Fuego reuniendo toda la seguridad y calma que guardaba en su interior. Por un segundo le pareció oír la risa de Lomehin, pero eso no tenía sentido, seguramente los nervios le estaban jugando malas pasadas.
Se detuvo a cinco pasos del Cristal. ¿Ahora qué?, se preguntaba. La respuesta llegó bajo la forma de una columna de fuego que salió desde el Cristal. Ankar se echó hacia atrás y se cubrió con los brazos para evitar la fuerte luz y las llamas, poniéndose la armadura en el proceso... Pero ya no estaban. Asustados, se dio la vuelta, solo para encontrarse que en el espacio que lo separaba de Onizuka y el resto había ahora un hombre, más alto que Lomehin, de piel oscura y cabellos del color de las llamas, trenzados y atados a su cintura y a sus muñecas sobre un hábito similar al que llevaban las sacerdotisas. Y el hombre lo miraba.
-¿A qué has venido? -Preguntó. Su voz era áspera, ronca, casi gutural.
-Quieto para'o ahí, tú -interrumpió el samurai.- ¿Eres el Guardián?
-¿Y qué si no? ¿Crees que alguien más puede salir del Cristal? -Respondió el hombre.- Y tú, contéstame.
-Mis compañeros y yo venimos en una misión de parte del rey Cecil de Baron, pues se teme que esté amenazada la seguridad de los Cristales. -Había contado tantas veces la historia que ya no temía que su mente desvelara que era falsa; él mismo comenzaba a creérsela.
-¿Por quién? ¿Por ti? -Ankar abrió desmesuradamente los ojos.- ¿Crees que no lo sé? Tú no eres el protector... No hay protector. Hay destructor. La misión que tu rey, que reciba mis saludos, es destruir el cristal, ¿correcto?
Ankar agachó la cabeza, intentando ordenar sus pensamientos antes de dar una respuesta. No vio a Onizuka y a Dregihart palidecer hasta lo indescriptible.
-¿Bromea, no? Vamos, que nadie va a mandar a alguien a destruir los Cristales Elementales así, sin más...
-Los Cristales sagrados...
-Es cierto -consiguió transmitir finalmente el dragoon, recordando la conversación con Cecil y transmitiéndosela a sus compañeros.
-Bien… -Cecil se pasó la lengua por los labios. -Tu misión consiste en ir a los Templos Eternos y destruir los cristales elementales.
-¡¿Cómo?! ¡Pero si eso es un delito mundial! ¡No soy un proscrito, mi señor!
-Cálmate, hijo, no he terminado de hablar. -Dijo levantando una mano.
-¡Pero...!
-¡Silencio! -Esta vez, la voz de Cecil fue totalmente autoritaria, y Ankar cerró sus pensamientos y agachó la cabeza. -Bien, eso está mejor. No pienses que te mando a una misión suicida solo por pedirte que destruyas los cristales. Hay una razón muy poderosa para ello.
-Aún no sé cuál es esa "poderosa razón"...
-Pero es cierto, hay una razón -confirmó el Guardián.- Ahora, el marrón de contártela -sonrió- que se lo coma tu rey. Vosotros, aquí y ahora, tenéis algo más importante de lo que preocuparos.
-¿El qué?
-Tenéis que conseguir... -El Guardián extendió los brazos, alzándolos, y comenzó a elevarse.- ...vencerme a mí.
La temperatura de la sala, ya de por sí alta, aumentó de forma insoportable. Los guerreros siguieron con la vista el hombre de piel morena, y fueron testigos de cómo la túnica se evaporaba, y su cuerpo se transformaba en el de una enorme bestia cornuda, con cola de león y con garras en lugar de manos y pies. El cabello que antes estuviera atado ahora se había fundido con las partes de su cuerpo en torno a las que se encontraba, y lo único que le quedaba de ropa era un taparrabos de color arena. Su rostro se alargó, tomando una forma parecida al de un coeurl, un monstruo a caballo entre felino y cánido, con una boca repleta de afilados dientes.
-¡Contemplad a Iffrit, mortales! ¡Debéis vencerme si queréis completar vuestra misión!
Acto seguido el Guardián del Cristal de Fuego lanzó una potente llamarada hacia los tres que se encontraban a su espalda. Lomehin lo esquivó sin problemas, y Dreighart reaccionó a tiempo para apartarse de la trayectoria del fuego; Onizuka, en cambio, se quedó donde estaba, limitándose a desenfundar la katana que llevaba a la espalda.
-¡Llamitas a mí! -Exclamó, partiendo en dos con su espada la ola de fuego que se abalanzaba hacia él.
Sin detenerse, el samurai aprovechó el desconcierto del eidolon para acercarse corriendo hasta él y golpearlo... sin éxito.
-¿Crees que puedes hacerme daño a mí con una espada de fuego, pequeño samurai?
-Uy, vaya, fallo de cálculo...
Iffrit no se entretuvo hablando, sino que propinó un fuerte puñetazo en el abdomen a Onizuka, lanzándolo unos pocos metros hacia atrás por la inercia. Pero cuando comenzó a caminar en dirección al samurai se encontró frente a frente con Ankar.
-De fuego no, pero, ¿qué tal de rayo?
El dragoon, en lugar de sacar su lanza retráctil, había optado por luchar con su espada eléctrica, y con ella había tajado certeramente el abdomen de la criatura, que retrocedió para evitar una herida mayor. En ese momento, sin embargo, vio por el rabillo del ojo que el caballero oscuro se acercaba hacia él listo para ensartarle su espada oscura en el costado, por lo que tuvo apenas unos segundos para saltar hacia un lado y evitar el envite. Los tres espadachines aprovecharon ese momento para reagruparse.
-¡Esa cabra me ha hecho quedar en ridículo! -Protestó Onizuka.
-Tampoco es que sea muy difícil -apuntó Lomehin.
-Esta vez te lo paso, niño, pero a la próxima...
-¡No es momento de discutir por estupideces! -Reprendió Ankar, haciendo que sus dos compañeros se llevaran las manos a la cabeza, adoloridos por el grito mental.
Onizuka había vuelto a enfundar su katana elemental, y volvió a lanzarse al ataque con la normal, cubriendo el flanco izquierdo de la bestia. Lomehin hizo lo propio con el derecho, mientras Ankar enfundaba su espada para coger, esta vez sí, su preciada lanza. Los tres se lanzaron hacia el Guardián, que intentó retroceder, pero se vio sorprendido por Dreighart, que desde su retaguardia se lanzó de rodillas, daga en mano, para herir las piernas de la criatura. Iffrit rugió de dolor cuando sintió la cuchillada en la parte trasera de su propia rodilla, pero no tuvo más tiempo para quejarse, pues Onizuka y Lomehin ya estaban sobre él.
-¡Quadraslam!
-¡Sombra!
Mientras luchaba por cubrirse con los brazos de los cuatro cortes consecutivos del samurai, el caballero oscuro lanzó una onda de energía oscura que lo envolvió de lleno, produciendo en él heridas como quemaduras, y en el justo momento en que todo parecía calmarse, Ankar apareció en el centro de su campo visual, arma en mano lista para ser arrojada.
-¡Lanza!
A la velocidad del rayo, la lanza de Ankar se clavó en el pecho de Iffrit, que rugió de dolor e indignación. Al parecer, sin embargo, aún no estaba lo bastante malherido como para provocar su rendición, pues como si de una espina se tratara se arrancó la lanza, que no se había clavado más allá de la punta, y se elevó una vez más en el aire, comenzando a envolver su cuerpo en potentes llamas que aumentaron aún más, si acaso era posible, la temperatura de la sala del Cristal.
-¡Fuego Infernal!
Despiadadamente comenzó a lanzar bolas de fuego hacia el grupo, sin que las llamas que lo rodeaban disminuyeran un ápice.
-¡Este no piensa darnos tregua! -Exclamó Onizuka.
-Yo me encargo.
Lomehin aprovechó un punto muerto en el ataque del eidolon para volver a cargar y lanzar su ataque Sombra, pero fue inútil: las llamas lo anularon completamente. Frustrado, comenzó a mascullar imprecaciones mientras observaba a los otros guerreros, pensando en una posible solución.
-¿No hay nada que tú puedas hacer, Ankar?
-Sólo soy telépata; no poseo habilidades de telekinesis.
Onizuka, mientras tanto, había conseguido reagruparse con el ladrón, aunque seguían teniendo que esquivar las bolas de fuego.
-¡Dreghty, vamos a probar una cosa!
-¿"Dreighty"?
-Cuando te avise, te quedas quieto para que te coja y te lance, y cuando estés encima de él, buscas un punto muerto y le clavas la daga. ¿Entendido?
-¡Entendido!
-¡Ahora!
El peliazul hizo lo que el pelirrojo le había indicado, y de pronto sintió cómo lo levantaban en el aire dos poderosos brazos y lo arrojaban con increíble fuerza en dirección al Guardián, por encima de éste.
-¡Dreighartdoken!
Dreighart pasó volando a increíble velocidad por encima de sus compañeros y encontró, como el samurai esperaba, una zona descubierta en los hombros de Iffrit, que no perdió tiempo en atacar en cuanto tuvo centrada, clavando su daga con todas sus fuerzas (y, de paso, colgándose él de la daga para no caer estrepitosamente al suelo). La bestia rugió y bajó la guardia el tiempo suficiente para que Lomehin conectara por fin su ataque Sombra y Onizuka clavara su katana en un costado del monstruo. El último en atacar fue Ankar, atravesando con su lanza el hombro derecho del eidolon. Éste, al verse derrotado, comenzó a reír.
-Ah, sois fuertes... -Iffrit movió los brazos, y una ola de fuego obligó a sus atacantes a apartarse de él. Sin embargo, las llamas no los hirieron, y sí curaron las heridas del Guardián.- Tu rey eligió bien, dragoon. Sois merecedores de la tarea que se os ha encomendado.
Los guerreros recuperaron el aliento mientras veían al eidolon acercarse tranquilamente hacia el pedestal del Cristal, coger éste último con las manos, y destruirlo apretándolo en su puño. Varios fragmentos cayeron al suelo, desparramándose, e Iffrit cogió el que cayó más cerca de sus pies. Luego se dio la vuelta y, al mismo ritmo de antes, se acercó a Ankar.
-Tómalo; lo necesitarás. Suerte en tu misión, dragoon.
Y, envolviéndose en una cortina de fuego, desapareció.
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